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sábado, 10 de noviembre de 2012

Pendientes...


Noviembre no es un mes especialmente simpático para la audiencia. Puede ser por comenzar con la "horripilante" fiesta de Halloween o por al haber cambiado la hora, las tardes son muy cortas. Sea la razón que sea, el mes de noviembre no es un mes especialmente bienvenido para muchos.

Para los que tienen un poco de conciencia social, noviembre es el mes en el que se celebra el día internacional para la tolerancia, el día universal del niño, el día internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer y el día internacional con el pueblo palestino y, para insistir, para los que tienen una conciencia muy, muy social, noviembre es, también, el mes en el que se tiene presente a las personas sin hogar (25 de noviembre). 

Sin embargo, noviembre es más conocido y reconocido por muchos por ser el "mes de difuntos". El día dos de noviembre, día de su fiesta, marca de forma determinante el resto del mes. En noviembre nos acordamos de aquellos que ya no están, de aquellos que nos dejaron para ir allá donde cada uno cree que van los que mueren. En muchas ocasiones, el recuerdo que nos queda de ellos está condicionado por las "cuentas" que se saldaron o quedaron pendientes a la hora de su partida. Mi entrada no va dirigida a aquellos que ya no están, sino a aquellos que nos quedamos con la sensación de que algo nos quedó "pendiente" con aquél que ya no está. No creemos en fantasmas pero de, alguna manera, sin sábana blanca y cadenas, algunos "temas pendientes" vuelven del "más allá" para recordarnos que es mejor vivir con las "cuentas saldadas" a diario para que nada nos pueda quedar pendiente de forma irremediable.

Migueli, para el disco Humanizar 2, escribió una canción que deja muy claro este tema y otros que la vida cotidiana puede convertir en "pendientes". Creo que él, mejor que yo, explica lo que pretende esta entrada. Os invito a escuchar la canción y ponerse a buscar "vías de financiación" para saldar lo pendiente y, así, alejar muchos "fantasmas".


Espero que os haya gustado, y hasta la próxima, suerte y bendiciones.

jueves, 9 de junio de 2011

Cogito ergo curo...


El verbo cuidar proviene del latín "cogitare" que se traduce al castellano como "pensar". Cuidar y pensar, curiosa pareja. La RAE lo define entre otras cinco acepciones como "poner diligencia, atención y solicitud en la ejecución de algo". Cuidar y pensar. Pensar en el otro y poner los cinco sentidos para procurar su bienestar.

Cuando venimos a este mundo somos inmediatamente, en la mayoría de los casos, cuidados por nuestra madre y nuestro padre, por el personal sanitario, por el resto de la familia, especialmente las abuelas. Cuando vamos creciendo se incorpora a nuestro cuidado, de forma extensa el Estado, articulando una serie de mecanismos públicos (sanidad, educación, cultura, seguridad...) que aporta, generalmente, que nuestro bienestar se vaya incrementando y consolidando. Todos estos servicios destinados al cuidado de los ciudadanos son visibles, son evidentes. Sin embargo, existen aquellos que nos cuidan sin que nosotros lo sepamos, son todos los que viven bajo el lema de "pienso, luego cuido" (cogito ergo curo). Son personas anónimas que piensan en ti y hacen que nuestra vida sea más agradable, más feliz. Lo hacen con discreción, en la sombra, no buscan ser reconocidos, sólo ansían tu bien y tu felicidad.

El compañero que riega tus plantas para que siempre las veas verdes, o que no pide las vacaciones en el mismo turno para que puedas disfrutarlas tú, el vecino que no usa los mejores cordeles para que los encuentres libres al tender la ropa en la azotea, el amigo que deja siempre la mejor croqueta en el bar para que te la comas tú... Estos son ejemplos pequeños, que no por eso dejan de alegrarte la vida, pero seguro que cada uno de vosotros podéis encontrar otras situaciones que habéis vivido en primera persona.

Pensar y cuidar, dos verbos que aunque parecen alejados conviven en una misma realidad: la de querer hacerle la vida agradable a los demás.

Hasta la próxima, suerte y bendiciones.

lunes, 23 de agosto de 2010

Unos vienen y otros van...


Un avión despega en Madrid rumbo a Boston y otro despega en Buenos Aires rumbo a Londres. Ambos se cruzan en mitad del Atlántico pero los pasajeros nunca sabrán unos de otros. Unos van y otros vienen.

La vida es un continuo ir y venir. Nos pasamos la vida yendo y viniendo de un lado a otro. Llegamos a la adolescencia dejando la infancia, y abandonamos la juventud para llegar a una cierta madurez. Algunos partirán antes de llegar a la vejez. Nacemos en una casa y, con los años, nos mudaremos a otra, y a otra, o más según el devenir de la vida de cada uno. Y si pensamos en el día a día, entonces el trasiego es frenético y agotador.

Con las personas nos pasa igual. Unos vienen y otros van, o mejor dicho, unos nos vienen y otros se nos van. Nos vienen amigos, familiares, nos vienen compañeros de trabajo, novios, esposos, amantes, más amigos, más familiares y más compañeros de trabajo. Igualmente, se nos van algunos amigos, algunos compañeros de trabajo, familiares, novios y también esposos.

Hay veces que el que viene lo hace de forma inesperada y entonces, es una sorpresa que nos descubre que la vida es como una inmensa terminal de aeropuerto, desde la que piensas partir pero que, en realidad has ido a recoger a otros. Son encuentros estimulantes, enriquecedores y llenos de vida. Otras veces, esperamos al otro, lo deseamos ardientemente, y si llega, entonces, es una venida que nos salva la vida. En estos casos nuestra existencia es una gran sala de espera, plena de impacientes y repleta de satisfacciones.

De la misma manera que unos vienen, otros se van. Nuestra estela de viajeros está llena de la espuma de tantos y tantos que se nos han ido quedando atrás. Fruto del paso del tiempo, por una incomprensión o la distancia, muchos se van.

Volamos hacia Boston o hacia Londres sin darnos cuenta que lo importante no es llegar sino quién viaja a nuestro lado, quién estará esperándonos y quién ha quedado atrás. Sobre el océano que es nuestra existencia hay miles de rutas que se cruzan y que están esperando para saber si son de ida o de vuelta.

Hasta la próxima, suerte y bendiciones.

domingo, 11 de julio de 2010

La regla de oro...



Según el evangelista Mateo, y también de otras muchas culturas y religiones, la regla de oro para la convivencia entre los seres humanos, es "todo lo que querrías que hicieran los demás por tí, hazlo tú por ellos". En esa frase condensa el evangelista el secreto de la perfecta relación entre los seres humanos. Es evidente que no harías nada en contra de otros si tuvieras la certeza que recibirías el mismo trato inmediatamente después. Ahora bien, si supieras de antemano que el otro te devolvería el bien que le hicieras, estaríamos siempre haciendo cosas buenas por los demás. Pero... como tenemos más experiencias de no recibir el mismo trato del otro, en un caso y en otro, pues la regla de oro queda día tras día donde Mateo la puso, en el capítulo 7 versículo 12 y no en medio de la vida cotidiana.

En la actualidad, a la regla de oro la llaman "relación de ayuda", "empatía"... y más cosas que no cito ahora. Me parece bien que la llamen como quieran, mientras consigan que la gente trate a los demás bien y el ambiente mejore y la amabilidad, la afabilidad se instalen un poco más entre nosotros y las tensiones, el egoísmo y la mala educación que nos separan se alejen mucho mucho.

La vida cotidiana está llena de momentos en los que, si aplicamos la regla de oro, podemos alegrarnos un poco la vida. Si sabes que alguien que conoces está enfermo, visítalo, o llámalo o manda un sms, que alguien se interese por tí te ayuda a sanar. Si un amigo se va de viaje hazle saber que le deseas lo mejor, que alguien se alegre contigo, multiplica la felicidad que se siente. Si sabes que un compañero no está en su mejor momento personal, busca una excusa y ponte a su lado y a su disposición, cuando te ayudan a llevar una carga pesada, el alivio que se experimenta es inmenso.

Quizás, haya puesto unos ejemplos exagerados, lo admito, voy a poner unos más asequibles: si te mandan un e-mail no tardes dos semanas en contestarlo, si te invitan a comer o a cenar o no hace falta que devuelvas la invitación, pero un mensajito diciendo que lo pasaste genial y que la comida estaba riquísima, hace el mismo efecto, si te prestan un libro, devuévelo en cuanto lo leas, y para no olvidar a Mateo, si alguien te pide que le acompañes una milla, pues no seas flojo y anda dos, en la segunda milla es donde te sentirás mejor. Ya no voy a poner más ejemplos, estoy seguro que vosotros tenéis los vuestros y así hacer la lista interminable.

Y ahora, para terminar, os propongo que os pongáis en el lugar del enfermo sin visitas, del que se va de viaje, del compañero que está "chungo" o del que te ha enviado un mail y no recibe respuesta, o de tus anfitriones en la cena de ayer, o del que te prestó un libro y no volvió a ver. Uf, no te ha gustado la experiencia, ¿a qué no?

Pues ya sabéis, todo lo que os gustaría que te hicieran a tí, empieza mañana a hacérselo a los demás. Yo os aseguro que da resultado, al principio hay que tener paciencia, "hay gente pa tó", ya lo dijo Rafael Guerra "el Gallo", pero con tiempo y la insistencia en tratar bien a los demás, la cosa se va mejorando y, si somos cada día más, este mundo lo arreglamos antes de que vuelva a cambiar el milenio. Seguro.

Hasta la próxima, suerte y bendiciones.

lunes, 7 de junio de 2010

Relaciones humanas...


El bueno de Juan Antonio Martín Baro ha querido despedir el curso teológico hablando en su Aula Bíblica sobre Jesús y las relaciones humanas. Ha planteado que el ser humano es un ser social, que la soledad puede llegar a matarle. Sin embargo, sus problemas pueden comenzar cuando alcanza la compañía anhelada. Está en nuestra naturaleza vivir en grupo, formar parte de un conjunto de personas. Pero, si bien, el encuentro con otra persona, nos puede dar la vida, también puede llegar a ser la fuente de muchas de nuestras desgracias y pesares. Del misterio de las relaciones humanas se ocupó mucho Jesús de Nazaret. A lo largo del mes de junio iremos viendo cómo desvelar el enigma. Cuando se planteó el pasado martes esta cuestión, aunque lo había escuchado antes, no dejó de impactarme.

Un amor truncado, una amistad malograda, un compañero de trabajo desafortunado, pueden llevarnos por la calle de la amargura durante meses, años, toda una vida. Pero un amor correspondido, una amistad mutua o un buen compañero de trabajo nos puede hacer infinitamente felices. Es el destino del ser humano, vivir en compañía para bien o para mal.

De las dos experiencias he tenido a lo largo de mi vida. He compartido la vida con personas maravillosas que me han elevado a lo más alto de la convivencia humana. Con muchos sigo caminando por la vida, con otros aunque no estemos cerca físicamente, no he olvidado lo que viví con ellos. Pero, también, aunque reconozco que menos, he sufrido la compañía de algunos. Algunas tardaron en cicatrizar, pero creo que ya no queda dolor, rencor tampoco.

No voy a negarlo, soy consciente que también yo habré sido el azote de otros, aunque confío que también habré sido bálsamo para muchos. No me toca decirlo a mí. Tendrán que ser otros lo que lo hagan. Espero que con el tiempo los que me hayan sufrido me hayan sabido o podido perdonar.

Para terminar, nos pese o no, somos seres sociales y por tanto, estamos bendecidos o condenados, que cada se lo aplique como quiera, a vivir con los demás. Cada uno tendrá que buscar la fórmula o truco para salir victorioso o perdedor del encuentro con otros. En junio veré qué nos ofrece Jesús, pero, si también alguien conoce cómo desvelar el misterio de las relaciones humanas, por favor, dímelo en el blog o mejor, dínoslo en el blog.

Hasta la próxima, suerte y bendiciones.