miércoles, 27 de mayo de 2009

¡Piensa que soy real!

La familia tomó asiento en el restaurante para cenar. Llegó la camarera, tomó nota de lo que deseaban los adultos y luego se dirigió al muchacho de siete años:
“¿Qué vas a tomar?”, le preguntó. El muchacho miró con timidez en torno a la mesa y dijo: “Me gustaría tomar un perrito caliente.” Antes que la camarera tuviera tiempo de escribirlo intervino la madre: “¡Nada de perritos calientes! ¡Tráigale un filete con puré de verduras y zanahorias!”
La camarera hizo como que no la había oído. “¿Cómo quieres el perrito caliente: con Ketchup o con mostaza?”, le preguntó al muchacho. “Con Ketchup.” “Vuelvo en un minuto”, dijo la camarera dirigiéndose a la cocina. Cuando la camarera se hubo retirado, hubo unos instantes de silencio producido por el asombro. Al fin, el muchacho miró a todos los presentes y exclamó: “¿Qué os parece? ¡Piensa que soy real!.


Había leído este pequeño cuento de Anthony de Mello antes de, incluso imaginar, que algún día tendría un hijo. Me pareció absolutamente revelador que, con un relato tan sencillo, se evidenciara una realidad tan común y tan cruel: decidir sobre los demás negándoles la posibilidad de expresarse.Cuando se trata de los niños aún es peor. He releído el cuento infinidad de veces, y, siempre me parece novedoso como si fuera la primera vez. Supongo que será por la tentación que tengo de decir a los demás lo qué tienen que hacer.

Desde que nació nuestro hijo hemos procurado que tenga sus propias ideas, que tenga su iniciativa y que tenga claro que es lo que quiere y qué no. Reconozco que, a veces, nos ha acarreado alguna que otra situación delicada el dejar que tenga voz propia, pero hemos optado por ese modelo y el precio que hemos pagado creo que ha compensado.

Creo que la situación que el cuento describe se puede aplicar no solo a los padres con hijos, sino también, al conjunto de las relaciones humanas. En mi trabajo, por ejemplo, lo tenemos como modelo. Desde Cáritas nos ponemos junto a los que lo pasan mal en algún momento de sus vidas, y, más que decirles qué deben hacer o lo que no deben, lo que buscamos hacer, es preguntarles qué creen ellos que necesitan para salir de su situación y, a partir de ahí, escucharles y caminar juntos hasta que encuentren su meta. Suplantar su voz es anularles como personas y no hay más inhumano que anular a otro ser humano.

Os propongo que, durante un día, tengáis el cuento en la cabeza y lo contrastéis con vuestra relación con los demás y con las relaciones que veis a vuestro alrededor y ya nos contamos quién es real para nosotros y para ellos.

Hasta la próxima suerte y bendiciones.

3 comentarios:

pilardepiedra dijo...

Es muy bueno el cuento y tu reflexión.

Yo siempre tiendo a decir lo que otros deberían hacer y normalmente nunca me funciona porque al final la persona hace lo que quiere y esto me crea frustación.

Esto es una de las grandes cosas que me ha enseñado Cáritas, a respetar a los demás y aceptar sus decisiones. La aceptación del otro de manera incondicional es muy dificil pero cuando se consigue esa relación se convierte en verdadera ayuda.

Anónimo dijo...

Claro que si, alos niños hayq eu dejarlos hablar, ue se expresen...ya que son los quemas nos pueden enseñar en esta vida.
(aunque eso si, si hay que decirles alguna palabra en un momento dado , basicamente educarles en determinados momentos,se hace).
pero que impere la libertad en ellos, siempre!

saludos

Anónimo dijo...

Es verdad que a uno le cuesta dejar que los niños lleven la iniciativa en algunos momentos, pero es imprescindible que vayan conformando su personalidad y tomen decisiones, según la edad que tengan. ¡Qué difícil tarea la de ser padres! Queremos escuela de padres YA.
Inés.